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30.1.11

Extrañando a Tomás Eloy Martínez


(Tiempo Argentino) A un año de la muerte de quien entre otras cosas fue periodista, crítico y escritor, un repaso necesariamente breve pero oportuno del pensamiento y la obra de uno de los autores más importantes de su generación en la Argentina y América Latina.

  Corrector, reportero, cronista, columnista, crítico, editor, asesor, jefe de redacción, director, creador y fundador de diarios. Tomás Eloy Martínez recorrió todos los lugares posibles de ese laboratorio colectivo que son las redacciones de los medios de prensa. Su ingreso al mundo periodístico fue temprano y no abandonaría la profesión hasta el final de su vida. La Gaceta de Tucumán, el semanario Primera Plana, la revista Panorama, el diario La Nación, el suplemento cultural de La Opinión (en 1975, año en que, amenazado por la Triple A, se exilió en Caracas), el suplemento Primer Plano de Página/12 son algunas de las publicaciones en el ámbito nacional que contaron con su firma y su personal estilo. Durante su exilio venezolano trabajó como editor para el periódico El Nacional y fue fundador de El Diario de Caracas. Fue parte del diario Siglo 21 de Guadalajara. Escribió además columnas para El País y The New York Times. En el ámbito académico, dirigió el programa de estudios latinoamericanos en la Rutgers University de Nueva Jersey (en la que su esposa Susana Rotker se desempeñaba como hispanista e investigadora), fue profesor de la Universidad de Maryland y uno de los principales referentes de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (creada por el colombiano Gabriel García Márquez), además de conferencista en buena parte del mundo. Su incesante actividad y su pasión por el trabajo hacen de su biografía un curriculum casi inabarcable.
Pero su figura adquirió verdadera estatura por sus incursiones en la literatura. Como escritor, estaba ligado generacional y afectivamente con las novelas y los escritores del “Boom latinoamericano” (con varios de ellos cultivó una intensa relación personal, que en algunos casos llegó incluso a una sincera amistad, como sucedió con Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Juan Carlos Onetti). Por otro lado, su convicción de que la escritura periodística podía considerarse una rama de la literatura mayor lo ubicaba también como continuador de figuras emblemáticas de las letras hispanoamericanas como José Martí, Rubén Darío y los escritores modernistas de principios de siglo XX, para quienes la labor de cronistas había significado la posibilidad cierta de profesionalización en el oficio de escribir. El periodismo escrito, en su sentido más acabado, era para Tomás Eloy (como solían llamarlo sus allegados) un género literario donde debía imprimirse bajo toda firma un trabajo de autor, una práctica de estilo. “Para mí la literatura y el periodismo son exactamente lo mismo”, decía. Fue uno de los principales exponentes en lengua castellana de ese género de confluencia, entre la minuciosidad de la investigación y la destreza narrativa, que es el libro testimonial (La pasión según Trelew) y del trabajo de construcción literaria en los márgenes entre realidad y ficción, como en la serie de retratos íntimos de Lugar común la muerte.
En la década de 1960, el “New Jornalism” impulsado por escritores como Norman Mailer o Tom Wolfe ya era una influencia que se expandía por todo el continente. En El nuevo periodismo (1973) Wolfe confesaba: “Había algo nuevo en el periodismo. Lo que me interesó fue no sólo el descubrimiento de que se podían escribir artículos muy fieles a la realidad empleando técnicas habitualmente propias de la novela y el cuento (…) Era el descubrimiento de que en un artículo, en periodismo, se podía recurrir a cualquier artificio literario, desde los tradicionales dialogismos del ensayo hasta el monólogo interior y emplear muchos géneros diferentes simultáneamente, o dentro de un espacio breve, para provocar al lector de forma a la vez intelectual y emotiva.”  
De hecho, La novela de Perón –en la que según el propio autor se narraba “de un modo novelesco una investigación muy seria”– tomaba como material sustancial la resonada serie de entrevistas que Eloy Martínez le hizo al líder del movimiento justicialista en Puerta de Hierro, en Madrid, y su virulento regreso al país. Sin embargo, lo que debía resultar no era un libro de investigación, sino una obra literaria: “Escribí tres versiones de La novela de Perón. La primera se situaba enteramente en Caracas y relataba la conspiración que montó Frondizi para matar allí a Perón. Esa versión no cuajaba por nada del mundo. Pero la terminé por disciplina, como hago con todos mis libros y la guardé sin quemarla, aunque consciente de que era mala. Inicié una segunda versión que transcurría en Madrid y aludía a una pelea entre Perón y los Montoneros. Tampoco era armónica. Cuando trabajaba en Radio Caracas Televisión, hubo un mes en el que no tuve prácticamente nada que hacer, y en ese mes saqué la versión definitiva. Esa vez sí había encontrado la arquitectura, que es la combinación de tono y estructura, indispensable para que una novela funcione. El escenario era Ezeiza y allí mostraba el regreso de un viejo decrépito a un país que era una caldera hirviente.”
Pero la gran consagración le llegaría con Santa Evita, novela que no sólo se convirtió rápidamente en un best seller y le propició reconocimiento internacional (además de poseer el récord de ser la novela argentina más traducida de la historia) sino que su aparición fue celebrada por sus colegas y pares de mayor renombre. Aquí el procedimiento se invertía: los recursos propios de la investigación eran usados para crear una ficción absoluta. La autoridad que le confería su probado acceso a testimonios directos –la palabra del propio Perón, en primer término– permitía volver más indefinible la probidad de las escenas (¿Había sido “gracias por existir” la primera frase que Eva le declaró al General?). Sin embargo, Tomás Eloy Martínez prefería considerar Santa Evita –en la que, según él mismo declaraba, “la construcción de la mentira es constante”– como una versión ampliada de toda la literatura sobre Eva Perón: “El simulacro”, de Jorge Luis Borges, “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh, “Eva Perón” de Copi, o “Evita vive”, de Néstor Perlongher. 
“La Historia se quedará con la verdad que yo estoy contando”, le hace decir Tomás Eloy Martínez a Juan Domingo Perón en la novela que lleva su nombre, quien añade luego, casi al modo de un narrador borgeano: “Esa pasión de los hombres por la verdad me ha parecido siempre insensata.” Toda novela, que para Tomás Eloy Martínez significaba “licencia para mentir, para imaginar, para inventar”, hace de la Historia una conjetura, del arte de narrar una concepción del mundo, de la realidad un grafo.

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